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En este artículo, publicado en diversos medios, Ignacio Fernández Herrero, presidente de la Fundación Jesús Pereda recoge las conclusiones del Otoño Sindical de 2021 dedicado a «La medida del tiempo»

Ignacio Fernández Herrero
Ignacio Fernández Herrero
LA MEDIDA DEL TIEMPO

Cuando nos hundimos de nuevo en el horario invernal, hace escasas fechas, la controversia volvió a animarse. Sucede siempre dos veces al año. Como si la polémica sobre el tiempo, sus usos y medidas se limitara a un vaivén estacional de las horas. A continuación todo vuelve a su ser.

No obstante, el tiempo y sus fugas son un asunto perenne en nuestras conversaciones. Sobre todo, en nuestros lamentos: no tengo tiempo, necesito tiempo, dame tiempo… Y es, obviamente, materia de discusión, negociación e incluso legislación en muchos casos. Luego no es algo menor, sino central en el devenir humano y social. Tanto que, especialmente a partir de la pandemia, ha generado numerosas publicaciones, análisis y debates. También desde el punto de vista sindical.

Señala el sociólogo Jorge Moruno que “si la ciudadanía del siglo XX se vinculó con el derecho al trabajo, la del siglo XXI tiene que hacerlo con el derecho al tiempo: el derecho a vivir con dignidad como algo garantizado al margen de la situación laboral”. Esta aseveración tan rotunda debe ser hoy, a nuestro juicio, el eje nuclear a la hora de pensar acerca de esa magnitud convencional que enmarca nuestras vidas y que llamamos tiempo. Pero la vida, esa vida, la de los trabajadores y trabajadoras, está condicionada de un modo determinante por la jornada laboral, a veces sólo en exclusiva (no olvidemos que trabajo no es sinónimo de empleo). Sin embargo, no sólo debe interesarnos la jornada laboral en sí. Todo lo otro es también decisivo: la vacación, el ocio, el abrir y cerrar de los comercios, el ejercicio de los derechos y deberes de ciudadanía, la cultura como nutriente, los cuidados, la relación con terceros, la atención a uno mismo… constituyen un sinfín de circunstancias que también nos determinan. Y es ahí precisamente donde adquiere total sentido la opinión de Moruno.

Durante el pasado mes de octubre, la Fundación Jesús Pereda de CCOO de Castilla y León llevó a cabo unas jornadas tituladas precisamente “La medida del tiempo”. Participaron en ellas personas vinculadas al sindicalismo, a la sociología, a la gestión cultural, a la economía e incluso a la literatura. De sus intervenciones no se puede decir que hubiese una conclusión única, pero sí que convinimos que se trata de un asunto que requiere examen desde ópticas diversas, más allá de la laboral que todo lo puede, y que reclama decisiones. Fundamentalmente porque una defectuosa gestión de nuestro tiempo no sólo provoca infelicidad, más trabajo y menos bienestar, sino que, además, es germen de desigualdades notables.

Pensemos, por ejemplo, que el tiempo de vida en femenino no responde exclusivamente a criterios de racionalidad económica, como sí lo hace el modelo masculino productivista; de hecho, el tiempo de cuidados o doméstico no es equiparable en absoluto al tiempo de la jornada laboral, pero es así mismo un tiempo que nos consume. Pensemos que son diversas las medidas y los valores del tiempo: tiempo urbano y rural, ciclos de vida, condiciones y cualidades de los trabajos, diferencias entre tiempo libre y tiempo para el consumo…; luego se necesitan políticas del tiempo diferenciadas y planes territoriales de horarios. Pensemos que los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 se marcan como una meta “reconocer y valorar los cuidados y el trabajo doméstico no remunerados mediante servicios públicos, infraestructuras y políticas de protección social y promoviendo la responsabilidad compartida en el hogar y la familia”; tengamos en cuenta que en España, según datos de 2015, eran 130 millones las horas diarias de trabajo no pagado dedicadas al cuidado. Pensemos que el 41,3 % de la población española declara que llega a casa demasiado cansada después del trabajo (Eurofound); que El 65% de trabajadores y trabajadoras se sienten requeridos fuera de su horario de trabajo y el 41% no está satisfecho con el equilibrio entre la vida familiar y personal (Barómetro Edenred-Ipsos); que el 82,3 % está a favor de entrar y salir antes del trabajo y el 82,6% de adelantar el prime time televisivo (Barómetro Ulises). Pensemos, en fin, en el tiempo imprescindible para la participación en la esfera social y en las organizaciones que vertebran nuestro mundo; hagámoslo en el tiempo de la cultura, considerada en general como un elemento fundamental del ocio, pero que es mucho más, una base imprescindible para la generación de conciencias críticas, para la creación e incluso para sumar al PIB en términos puramente económicos. Y así sucesivamente.

En definitiva, el catálogo de vericuetos por los que entrar al tiempo y su medida es casi inabarcable. Tan denso como el existir. Podemos considerar que estamos ante una batalla cultural a librar obligatoriamente en esta edad histórica en la que hemos entrado. En ella habrá tensión y discrepancia, fuerzas conservadoras y horizontes de porvenir, haz y envés en cada una de las esquinas que sorteemos en su itinerario. Pero es una batalla cultural ineludible, así para los individuos como para las organizaciones que aspiran a representarlos. Basta ser conscientes de lo que, adelantándose al propio tiempo o quizá porque es un pensamiento perenne fuera del propio tiempo, nos anunció Baltasar Gracián: “Lo único que realmente nos pertenece es el tiempo: incluso aquel que no tiene otra cosa cuenta con eso”.

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Este artículo ha sido publicado en:

El Día de Valladolid, 20 noviembre 2021

El Día de Soria, 20 noviembre 2021

Diario Palentino, 21 noviembre 2021

Y el el blog personal del autor.

Otros artículos del autor en nuestra página.

La necesaria reconstrucción cultural

La cultura en el marasmo

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